En Roma, el foco saltó hace tiempo a los titulares por la zona del Coliseo, y el propio ayuntamiento llegó a hablar de “alrededor de 7 millones” en un comunicado recogido por medios internacionales. Durante décadas, el “plan A” en muchas ciudades ha sido el rodenticida, a menudo anticoagulante. Funciona, sí, pero tiene dos problemas que se repiten una y otra vez.
El efecto rebote y la resistencia
El primero es el efecto rebote. Cuando una campaña reduce la población, las supervivientes se encuentran con más comida y más espacio. Resultado: se reproducen más y el hueco se vuelve a llenar. En la práctica, se convierte en una rueda que no se rompe solo a base de matar, y eso se nota.
El segundo es la resistencia y el coste ambiental. Hay poblaciones de roedores con resistencias documentadas a anticoagulantes (en parte ligadas a cambios genéticos) y, además, estos compuestos pueden afectar a otros animales por intoxicación secundaria cuando depredadores o carroñeros consumen roedores envenenados.
A esto se suma algo menos visible pero clave. Los anticoagulantes no suelen matar al instante, y en gestión urbana cada vez pesa más la presión para reducir el sufrimiento animal, sin bajar la guardia en salud pública.
La alternativa que gana terreno
Aquí entra el control de fertilidad. En vez de intentar eliminar ratas sin parar, la idea es reducir nacimientos para que la población baje de forma más lenta pero más estable, especialmente si se combina con prevención. Un ejemplo muy citado fuera de Europa es ContraPest, registrado por la agencia ambiental de Estados Unidos como “cebo líquido para la reducción de la capacidad reproductiva en ratas”, pensado para usarse en estaciones de cebo seguras y no destinado al consumidor doméstico.
¿Significa esto que una ciudad pone anticonceptivo y se acabó el problema? No. Estos métodos no son un botón de “borrar ratas”, sino una herramienta más dentro de un enfoque de gestión integrada. Si el barrio sigue ofreciendo un buffet libre de basura, la ventaja se diluye.
El freno europeo y la letra pequeña
En la Unión Europea, los productos para controlar organismos “no deseados” (incluidos roedores) entran en el marco del Reglamento de Productos Biocidas (Reglamento (UE) 528/2012). La norma busca proteger la salud humana, la salud animal y el medio ambiente, y funciona con un sistema de dos pasos: aprobar sustancias activas y luego autorizar productos.
El problema es que ese mismo marco, diseñado para ser exigente, también puede volverse lento. La propia Comisión reconoce retrasos “sustanciales” en aprobaciones y autorizaciones, y también habla de innovación limitada en nuevas sustancias biocidas. Por eso ha lanzado una evaluación y una consulta pública que sigue su curso.
En este contexto, varias voces del ámbito del bienestar animal y la gestión urbana piden vías más ágiles para soluciones no letales y con menor impacto, sin rebajar el listón de seguridad. Tiene lógica, pero el matiz es importante. Un anticonceptivo no es automáticamente “inocuo” solo por no ser un veneno clásico, y Europa exige evidencias sólidas antes de abrir la puerta.
Lo que funciona en la vida real
La parte menos glamurosa es la más eficaz: la basura manda. En Bruselas lo dicen sin rodeos, con campañas y declaraciones que apuntan a lo mismo: “las ratas siempre estarán presentes en las grandes ciudades” y que el objetivo real es contener la sobrepoblación, reduciendo accesos a comida.
Por eso, lo que cambia el partido es la prevención. Contenedores cerrados, retirada rápida de residuos, control de puntos de comida en parques y mantenimiento de edificios y redes. Incluso algo tan cotidiano como dejar bolsas rotas fuera de horario es, para una rata, una invitación.
En España, asociaciones del sector de sanidad ambiental llevan meses avisando de repuntes en varias ciudades y suelen apuntar a una mezcla conocida: residuos, alcantarillado, obras y clima más suave. No es solo una moda de redes sociales.
La información oficial sobre la evaluación del Reglamento de Productos Biocidas se ha publicado en la web de la Comisión Europea.
