Durante meses se repitió la misma secuencia de trabajo: “llenar, colocar, compactar, tensar”. La forma elegida, circular, reparte mejor las cargas hacia la base. Antes de cerrar la altura definitiva, instalaron marcos de madera en las zonas previstas para puertas y ventanas, y siguieron construyendo alrededor, de manera que las aberturas quedaron integradas desde el diseño inicial.
El momento de la verdad llegó con el tejado. Sobre los muros colocaron vigas de madera que parten del centro hacia los bordes, formando una cubierta a dos aguas. Encima fijaron chapas metálicas onduladas con tornillos visibles. La estructura aguantó el peso sin deformarse, lo que demostró que el muro de sacos podía trabajar como soporte real.
Para el acabado final aplicaron mortero sobre las paredes. Con llana y fratas se fueron rellenando irregularidades hasta ocultar sacos, alambres y refuerzos. A simple vista, la casa parece una construcción convencional, aunque debajo siga habiendo filas de tierra compactada.
Qué aporta este sistema al medio ambiente y al confort
Detrás de este experimento casero hay toda una familia de técnicas de bioconstrucción conocidas como construcción con sacos de tierra o superadobe. Comparten una idea sencilla: usar principalmente materiales del entorno y reducir al mínimo el consumo de cemento, ladrillo cocido y acero, cuya fabricación emite grandes cantidades de CO₂.
La tierra aporta masa y aislamiento. Las paredes gruesas almacenan calor durante el día y lo liberan poco a poco cuando baja la temperatura. En verano ayudan a mantener el interior más fresco y en invierno conservan mejor el calor, lo que reduce la necesidad de aire acondicionado y calefacción y, de paso, el impacto en la factura de la luz.
Según manuales de bioconstrucción y guías técnicas, estas estructuras pueden ser muy resistentes frente a terremotos, incendios y viento fuerte cuando están bien calculadas y protegidas frente a la humedad. Además, al usar sobre todo tierra del propio solar y sacos textiles, el coste por metro cuadrado puede ser sensiblemente menor que el de una obra convencional.
Qué hay que tener en cuenta antes de copiar la idea
Visto en vídeo, el sistema parece casi un juego de construcción gigante. En la práctica, levantar una vivienda habitable exige algo más que entusiasmo. En países como España, cualquier casa necesita proyecto de arquitectura, cálculo estructural y licencia municipal, independientemente de que se use ladrillo, madera o sacos de tierra.
También hay límites técnicos. La tierra debe tener una composición adecuada y, en muchos casos, se mezcla con pequeñas proporciones de cal o cemento para mejorar su comportamiento. Las paredes necesitan buenos zócalos, drenajes y cubiertas que alejen el agua, ya que la humedad prolongada puede dañar la estructura si no se diseña bien.
Por eso, si alguien se plantea aplicar esta técnica en su propio terreno, lo razonable es hacerlo acompañado de profesionales que conozcan la normativa local y las particularidades del clima de la zona. Y empezar quizás por pequeñas construcciones auxiliares, como almacenes o espacios agrícolas, antes de dar el salto a una vivienda completa.
En todo caso, la historia de esta familia recuerda que otra forma de construir es posible. Con paciencia, método y una buena planificación, una montaña de tierra puede convertirse en una casa funcional que usa menos recursos industriales y pone en el centro la sostenibilidad.
El reportaje original sobre esta vivienda ha sido publicado en el portal brasileño CPG Click Petróleo e Gás.
